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La huerta se cuela en el jardín: cómo armar un vergel que dé hojas, flores y hasta un tapón a la vista del vecino

Septiembre es el mes ideal para mezclar plantines de estación con aromáticas que aguantan años. La clave pasa por pensar el espacio antes de poner la primera semilla: sol, agua, alturas y hasta qué plantas van a hacer de cortina visual.

Por Martín NievaDeportes · 18 de septiembre de 2026 · hace 1 d

Acá te lo tiro de arranque, porque en esta nota no hay una jugada que haya definido el partido: lo que se define es el espacio donde vas a cosechar los tomates del verano. Septiembre arrancó y las semillas te miran desde la góndola como diciendo «meteme en la tierra ya». La movida, según los que saben de huerta, es no apurarse con la pala y pensar primero el diseño. ¿Por qué? Porque la huerta de primavera puede convivir con las plantas ornamentales del jardín y hasta mejorar la vista de tu ventana, siempre y cuando le reserves su lugar antes de que las raíces se peleen por el mismo centímetro de tierra.

0-15 minutos: el sol manda

Antes de elegir qué sembrar, mirá hacia dónde cae la sombra y dónde pega el sol. Las plantas de huerta piden al menos medio día de luz directa; en la Argentina, el norte es tu mejor amigo porque marca el sector con más asoleamiento. Y un consejo que parece obvio pero se olvida siempre: tené una canilla cerca. En primavera y verano la evaporación se dispara y las plantas transpiran como jugador en cancha de cemento. Si el agua te queda lejos, vas a terminar renegando cada vez que haya que regar.

15-30 minutos: lo que queda y lo que se va

La estrategia pasa por mezclar plantas que duran varios años con los cultivos de temporada. Romero, tomillé (perdón, tomillo), orégano y laurel comestible le dan continuidad al conjunto y te salvan más de una cena. Entre las opciones de siembra de septiembre aparecen tomate, albahaca, berenjena, lechuga y pepino. Podés arrancar con semillas o comprar plantines ya encaminados: las dos alternativas sirven para preparar el espacio. La gracia está en saber qué queda fijo y qué se renueva cada año.

30-45 minutos: alturas, formas y la vista del vecino

Con el sol y el agua resueltos, llega la parte divertida: distribuir alturas, formas y colores. ¿Tenés un vecino al que no querés verle la cara? Un laurel comestible te arma un cerco vivo que oculta lo que haga falta, incluso el ténder de la ropa. Sobre un alambrado o una reja, el taco de reina te tira flores amarillas, anaranjadas o rojizas y te resuelve la fachada. Eso sí: elegí siempre pensando en cuánto va a crecer la planta, no en el tamaño que tiene hoy.

45-60 minutos: cuidá los frutos y el suelo

Hay que anticiparse a los problemas. Las frutillas, por ejemplo, son un imán para los pájaros; conviene pensar desde el vamos en una red que las proteja y ubicarlas fuera del primer plano para que la cobertura se integre al diseño en lugar de arruinarlo. En el suelo o en las macetas, el compost y el humus de lombriz son aliados baratos: mejoran la estructura de la tierra y le tiran nutrientes a las plantas.

Y un detalle que muchos pasan por alto: como en el mismo espacio vas a tener plantas ornamentales y plantas para comer, los productos fitosanitarios que uses en cualquier sector tienen que estar aprobados para cultivos comestibles. Nada de fumigar las flores del cerco con algo que después termine en tu ensalada. La huerta es linda, productiva y queda bien en la foto, pero sobre todo tiene que ser segura para el puchero.

El clásico de los clásicos

Dato histórico del clásico: la huerta familiar argentina tiene sus raíces en las quintas de los inmigrantes italianos y españoles que, a fuerza de recuerdos, llenaron los fondos de las casas de acelga, perejil y albahaca. Cada vez que alguien pone un plantín de tomate en una maceta del balcón, rinde homenaje a esos viejos sin saberlo. Y mirá, querido lector del alambrado de enfrente: mientras vos peleás con el pasto del frente, yo ya tengo el laurel listo para taparte el ténder. Chicana amable, queda a cuenta.

MN

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