Un cheesecake con costra de caramelo: la fusión que se cocina en baño maría y se termina con soplete
La preparación combina la cremosidad del pastel de queso con la cubierta crujiente de la crème brûlée; la cocción en baño maría a 160 grados y el reposo nocturno en heladera son los pasos que definen su textura.
La receta que cruza el cheesecake con la crème brûlée arranca por una base de galleta triturada mezclada con mantequilla derretida y una pizca de sal, prensada sobre el fondo y las paredes de un molde desmontable de unos 20 centímetros de diámetro, que se reserva mientras se prepara el relleno.
El relleno integra queso crema a temperatura ambiente con azúcar, huevos, yemas, crema de leche, vainilla y una pequeña cantidad de harina; se bate hasta homogeneizar y se vuelca sobre la base para llevar al horno a 160 grados centígrados.
La cocción en baño maría
El molde, envuelto en papel de aluminio, se coloca dentro de una asadera con agua hirviente hasta la mitad de su altura y hornea durante una hora y cuarto. Al cumplirse el tiempo, el horno se apaga y el pastel queda adentro con la puerta entreabierta para un enfriamiento gradual; después pasa a la heladera por toda una noche.
La costra caramelizada
Al momento de servir, se espolvorea azúcar impalpable sobre la superficie y se quema con un soplete de cocina hasta conseguir una capa dorada y crujiente, el mismo acabado que distingue a la crème brûlée tradicional. Sin soplete, el paso no se puede replicar: el horno no entrega el calor concentrado que necesita la costra.
- Frambuesas frescas, que aportan acidez y contraste con el dulzor de la cubierta.
- Arándanos, opción fresca y de sabor más suave.
- Una bocha de helado de vainilla, para sumar frío y cremosidad al conjunto.
El postre admite cualquiera de esos acompañamientos para equilibrar el azúcar caramelizado con la acidez de la fruta o la temperatura del helado. ¿Lo prepararías para una celebración o te animarías a hacerlo en cualquier fin de semana sin ocasión especial?
