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Martes, 13 de octubre de 2026
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Sorkin otra vez al volante: cuando el guionista se sube al asiento del director y se le sale la cadena

El guionista de "La red social" vuelve a ponerse detrás de cámara con "El precio de la red" y, otra vez, la ambición se le va de las manos. Crónica de una decepción anunciada.

Por Lorena RoblesCultura y espectáculos · · hace 1 h
Sorkin otra vez al volante: cuando el guionista se sube al asiento del director y se le sale la cadena

A ver, muchachos: el cartel de la película ya debería habernos avisado al ojo. Otra secuela del universo Zuckerberg escrita y dirigida por el mismo señor que, encima, lleva años prometiendo un filme sobre el 6 de enero que nunca llega. Vamos, Sorkin, démosle una oportunidad. Total, ¿qué puede salir mal?

"El precio de la red" funciona como heredera directa de "La red social", aquel golazo de David Fincher de 2010, y arrastra también aires de "The Newsroom" y de ese bendito proyecto inconcluso sobre el asalto al Capitolio. Es decir, Sorkin juntó tres de sus obsesiones en una sola bolsa y se sentó a filmar él solito. El problema, según coinciden varios colegas críticos, no está en lo que escribe, sino en cómo lo filma.

Cuando al guionista lo contienen, escribe; cuando lo dejan solo, desborda

Repasemos el historial, porque esto viene de lejos. "Molly's Game" tuvo una recepción tibia pero benevolente. Después, el resto confirmó lo que muchos sospechábamos: lo mejor de Sorkin aparece cuando otro director le pone límites. David Fincher en "La red social", Danny Boyle en "Steve Jobs", Rob Reiner en "Algunos hombres buenos" supieron frenarle las ansias y devolverle un texto mejor del que mandó.

Sin esa tensión externa, "El precio de la red" muestra lo que pasa cuando el guionista tiene control total sobre el material propio. Hay secuencias largas de diálogo que existen básicamente porque al autor le suenan lindo en voz alta. Las escenas de interiores tienen problemas de iluminación llamativos, y eso que el director de fotografía es el mismo de "La red social". Algo no cuadra.

  • Soliloquios extensos que pesan más de lo que suman al relato.
  • Interiores mal resueltos en materia de iluminación y puesta en escena.
  • Un montaje sin urgencia, donde las imágenes apenas cumplen lo funcional.
  • Un idealismo de fondo que, sin un realizador externo que lo discipline, empacha al espectador.

El propio filme se hace cargo de la crítica, con una frase del personaje que interpreta Bill Burr, ya masticada hasta el cansancio en la promoción, que define a Sorkin como un guardia de tránsito con los brazos caídos mientras los autos derrapan. Es una línea que, en el contexto del filme, funciona como mea culpa involuntaria. Y duele, porque tiene algo de verdad.

Mi lectura, en criollo: Sorkin es un gran constructor de palabras, pero necesita a alguien que le diga "basta, cortemos acá". Sin ese alguien, sus películas terminan pareciéndose a un borrador abierto en plena reunión: hay ideas brillantes, hay ritmo a veces, pero también hay paja, y harta. Para mí, vale la mitad de la entrada. Alcanza para pasar el rato, pero no para festejar.

Igual, quiero cerrar con un elogio merecido: hay que reconocerle a Sorkin el gesto de poner él mismo la lupa sobre sus propios defectos. Pocos guionistas meten en su propio guión la mejor crítica a su manera de hacer cine. Eso, quiera o no, ya es un pequeño acto de honestidad.

LR
Lorena RoblesCultura y espectáculos

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