Eddie Horniman se sacó el smoking y se puso las pilas: vuelve The Gentlemen, más sucia y más cara
Guy Ritchie sube la apuesta: el Duque de Halstead deja de jugar al aristócrata y se manda al barro del crimen europeo. Plata, política y mafiosos con acento italiano. Spoiler: las salidas elegantes no existen.
Vamos en orden, porque el cartel de Netflix para esta segunda temporada de The Gentlemen promete mucho y, esta vez, cumple. O casi. La serie de Guy Ritchie vuelve con ocho episodios que son, básicamente, una clase intensiva de cómo un tipo con título nobiliario termina metiéndose hasta las manos en el narcotráfico internacional. Y no por accidente, como en la primera entrega, sino porque alguien decidió que quería más. Adivinen quién.
Tres meses antes del desastre
La nueva temporada arranca con un salto temporal que ya marca la cancha: estamos a tres meses de ver a Eddie Horniman, el Duque de Halstead, desangrándose en un campo embarrado. Theo James vuelve a ponerse el traje, pero esta vez el personaje que se mueve adentro está muy lejos del aristócrata que llegó al negocio del cannabis casi sin querer. Eddie ya no mira el mapa desde arriba: lo está trazando él. Y quiere que las líneas se extiendan bastante más allá de las fronteras británicas.
El plan es ambicioso: recuperar tierras alrededor de la finca, expandir las operaciones fuera del Reino Unido y, de paso, zafar de la tutela del patriarca Bobby Glass, que está más preocupado por su despertar espiritual que por adaptar el imperio a los nuevos tiempos. Susie Glass, su socia y algo más, lo acompaña en la cruzada. El problema es que cuando uno empieza a acumular poder, los modales empiezan a leerse como debilidad. Y Eddie, que siempre cayó bien, va descubriendo eso a los golpes.
Los nuevos vecinos: mafia con onda italiana
- Marco Moretti, mafioso italiano interpretado por Sergio Castellitto. Veterano, calculador y con esa calma que solo tienen los que ya mandaron matar a alguien antes del desayuno.
- Cico Maldini, su colaborador, a cargo de Michele Morrone. Joven, musculoso y con la capacidad de arruinarle el día a cualquiera que se le cruce.
- La mafia europea como nuevo tablero: Eddie ya no compite con gente del condado, sino con estructuras que vienen con años de oficio.
- Más violencia estilizada, más humor negro y la sensación permanente de que alguien está a punto de traicionar a alguien.
Ritchie no cambia el libreto visual: sigue fiel a sus cámara lenta, sus persecuciones con autos clásicos, sus tipos con pistolas más grandes que su sentido común y ese humor inglés que en su versión italiana pega el doble. Lo que sí cambia es la profundidad. Esta no es una historia de y sus caprichos: es una reflexión sobre cómo el poder te va comiendo la humanidad de a poco, sin que te des cuenta. Cuanto más manda Eddie, menos se parece al tipo que era al principio. Y la salida, spoiler mediante, se ve cada vez más complicada.
Mi veredicto, con la escala de siempre: vale la entrada. No es una obra maestra, pero se deja ver con placer culpable, tiene personajes secundarios que se ganan su lugar y deja la puerta abierta para una tercera temporada que, por lo que se ve en el final, va a ser un quilombo de los buenos. Mientras tanto, uno se queda pensando en la pregunta que sobrevuela toda la serie: hasta dónde se puede llegar antes de que el camino no tenga retorno. La respuesta, claro, la tiene Eddie. Y no es bonita.
Un párrafo aparte para Kaya Scodelario, que sostiene a Susie Glass con una mezcla de crueldad calculada y ternura contenida que no muchos lograría armar. Cada vez que aparece en cuadro, el resto de los personajes parecen aficionados.
