Sangre azul, bolsillos flacos y un crimen para la hora del té
La comedia británica «Fackham Hall», que llega a las salas locales como «Un muerto a la hora del té», se burla de los aristócratas con la ayuda de Jimmy Carr como guionista y un elenco encabezado por Thomasin McKenzie y Tom Felton.
Dicen que en la aristocracia inglesa la sangre es azul y la billetera, a veces, un misterio. La nueva película que llega a los cines argentinos con el título Un muerto a la hora del té se encarga de confirmarlo con una mueca: 97 minutos de enredos, amores imposibles y un muerto que cae justo a la hora en que uno serviría las galletitas.
La fórmula: Downton Abbey, pero con humor ácido
La película, titulada originalmente Fackham Hall, toma el universo de los dramas de época tipo Downton Abbey y le da vuelta como a una media. La dirige Jim O'Hanlon, conocido por la adaptación de Emma de 2009, y entre sus guionistas aparece el humorista Jimmy Carr, especialista en soltar frases filosas con cara de nada.
El resultado es una comedia que cruza romances entre patrones y empleados con una investigación detectivesca y con bromas sobre los casamientos entre parientes, la obsesión por no mezclar el apellido con el dinero ajeno y otras exquisiteces de la clase alta británica.
Un galán torpe, dos hermanas y un carterista
El enredo arranca con Poppy Davenport (Emma Laird), a punto de casarse con su primo Archibald (Tom Felton), aunque ama a otro hombre, de una posición social inferior. Cuando la boda se cae, la familia posa sus ojos sobre la hermana menor, Rose, interpretada por la siempre solvente Thomasin McKenzie.
El plan vuelve a complicarse porque Rose se enamora de Eric Noone (Ben Radcliffe), un carterista que entra a la mansión para entregar una carta. El mensaje nunca llega a destino, pero Eric consigue trabajo dentro del servicio y mete la tensión de clase en el medio del romance.
Un detective que se cree Poirot
Para colmo de males (y de chistes), aparece Watt, el detective de Tom Goodman-Hill, que exagera hasta el parpadeo los modos y el bigotito del Hércules Poirot de Agatha Christie. Su búsqueda del culpable se mezcla con los caprichos de los Davenport y con la pregunta incómoda que sobrevuela toda la película: ¿quién va a pagar la próxima generación de fiestas en la mansión?
- Los casamientos arreglados para mantener el patrimonio dentro de la misma familia.
- La barrera entre amos y sirvientes, convertida en motor de chistes y de tensión.
- La solemnidad de la vida en una mansión convertida en blanco de la parodia.
- El retrato caricaturesco de los detectives al estilo Poirot, con un caso de asesinato incluido.
Veredicto, con mi escala de siempre: la película vale la entrada, sobre todo si uno se ríe con el mundo de traje largo y apellido doble. No es una obra maestra, pero se deja ver con agrado, porque entiende que la rigidez de la aristocracia es un blanco demasiado fácil como para dejarlo pasar. Me quedo con Thomasin McKenzie, que sostiene la historia con esa mezcla de dulzura y firmeza que ya mostró en Jojo Rabbit y en El poder del perro: una actriz que le pone alma a cualquier corsé, por más ajustado que venga de fábrica.
