Hot Wheels Infinite Rush: el mundo abierto donde los autitos de colección por fin se sacan la pista de encima
Milestone le soltó la correa a los Hot Wheels y los mandó a recorrer cuatro islas sin rejas. Más de 150 modelos, todo casi rompible y cero historia. Te cuento cómo se juega, qué brilla y qué hace ruido.
Hay una máxima que sobrevive a todas las modas del videojuego: si el nombre del estudio ya dice Milestone, sabés que va a haber autos y a alguna velocidad obscena. El estudio italiano volvió a la carga con Hot Wheels Infinite Rush, una entrega que se anima a romper con lo que todos esperábamos: pistas cerradas, loops de juguete y la sensación constante de estar en un packaging naranja. Esta vez la marca se va al mundo abierto. Y eso, créanme, cambia todo.
Cuatro islas, mil formas de romper cosas
El mapa se reparte en cuatro regiones que funcionan como biomas independientes y que, leído en frío, suenan a disparate pero en pantalla se defienden. Wheelswood es la ciudad con rascacielos y tránsito, una zona urbana densa donde el sólo hecho de esquivar colectivos ya justifica la bajada. Tentacle Bay lleva el juego a la costa, con ecosistemas que cambian de verde a acantilado y un par de sorpresas marinas que no spoileo. Gearville mezcla industria pesada con dunas de desierto, ideal para los que quieran sentir el asfalto caliente. Y Drifty Temples es la zona de inspiración oriental, con pasos de montaña y curvas que parecen diseñadas a mano para que el derrape haga el trabajo sucio.
- Wheelswood: ciudad, tránsito y mucha luminaria para romper.
- Tentacle Bay: costa, ecosistemas variados y alguna sorpresa.
- Gearville: industria, dunas y turbo automático.
- Drifty Temples: montaña, curvas y nitro a cielo abierto.
La gran apuesta, y lo digo sin ironía, es el entorno destructible. Árboles, postes, vehículos civiles y hasta parte del mobiliario urbano reaccionan al más mínimo toque. El mapa entero se comporta como una maqueta interactiva a escala, lo que tiene un encanto extra para el público grande que creció armando circuitos en el living.
Acá aparece el primer trade off del juego. No hay campaña argumental. No hay personaje que te cuente por qué corrés, no hay villano, no hay giro emocional que justifique una cinemática. La propuesta es explorar y acelerar a secas, y en las primeras horas eso se disfruta como un refresco. Pero después de unas cuantas islas recorridas, la ausencia de un hilo conductor empieza a pesar. Es como ir a un festival sin grilla: los primeros tres números te divierten, al quinto ya estás preguntando a qué hora termina.
Cuatro categorías, un solo acelerador
La conducción se divide en cuatro tipos bien marcados. Los bólidos apuntan a velocidad punta y recargan turbo mientras acelerás derecho. Los derrapadores juntan nitro cuando tomás curvas cerradas al estilo clásico del Hot Wheels. Los equilibrados generan energía con casi cualquier maniobra, que es la categoría comodín para los indecisos. Y los Titanes, que son los todoterreno, tienen recarga automática de turbo y están pensados para el terreno roto. Lo mejor: el cambio entre categorías es instantáneo, sin cortar la marcha, lo que invita a experimentar sobre la marcha.
Para los obsesivos del catálogo, hay más de 150 vehículos coleccionables: prototipos propios de la marca, licencias de fabricantes reales, fichas históricas con datos de cada modelo y un editor de pintura, rines e interiores. Encima, los modos multijugador competitivos con ranking, cooperativos y casuales, sumados al editor de pistas personalizadas, le dan al título una vida útil que excede al primer playthrough.
Técnica: 60 fotogramas estables y un par de asperezas
En un arcade de velocidad, los 60 cuadros por segundo estables no son un lujo, son una obligación. Milestone los entrega sin pestañear, incluso en las zonas más cargadas. El sonido, además, es uno de los puntos altos del paquete: el impacto metálico, el chirrido del derrape y la manera en que rebota el audio cuando cruzás una zona destructible están cuidadosamente producidos. Las asperezas aparecen en dos lados: algunas texturas del entorno cargan con un retardo visible, sobre todo cuando entrás por primera vez a una zona nueva, y los tiempos de espera al reaparecer en la isla después de un evento rondan el minuto, lo suficiente como para que te levantes a buscar agua.
Mi veredicto, como siempre, a la antigua: vale la entrada. No la deluxe con todos los DLC, pero sí la standard, sobre todo si tenés un fanático de la marca en la casa o si vos mismo guardás una caja de Hot Wheels en un cajón que nunca confesaste. El título no reinventa nada, no quiere hacerlo, y esa es su mejor decisión. Lo que sí le reconozco al equipo, y esto no lo voy a firmar dos veces, es el sonido ambiental de las islas: ese murmullo de viento entre los edificios de Wheelswood, mezclado con el rugido metálico de un bólido a fondo, merece una escucha con auriculares. Pocas veces un juego de autos se toma el trabajo de sonar como un lugar.
