Garfield se calza el arco: Greengrass se anima a la leyenda y la mete en la Edad Media en serio
"The Uprising" llega el 30 de octubre con un subtítulo nuevo que reaviva el mito de Robin Hood desde la revuelta campesina de 1381. Una apuesta ambiciosa, con más urgencia que capa verde.
A esta altura del partido, uno ya no sabe si emocionarse o desconfiar. Resulta que "The Uprising", la nueva película de Paul Greengrass con Andrew Garfield, Jamie Bell y Stephen Dillane, sale el 30 de octubre con un subtítulo inesperado: "The Rise of Robin Hood". Como si al marketing le hubiera entrado un ataque de nostalgia y decidiera meter al personaje más roído de la tradición inglesa en la misma bolsa que una revuelta campesina real de 1381. Vale la entrada, al menos por la ocurrencia.
Lo bueno es que la movida tiene lógica y hasta pedigree. Greengrass es el tipo que te transforma un secuestro de barco en un reloj de tensión ("Capitán Phillips", para el que no leyó el diario ese día). Ahora se manda por primera vez al cine medieval y elige un punto de partida histórico concreto: la Rebelión Campesina de 1381, cuando miles de laburantes ingleses se levantaron contra la Corona. Ese caos es el terreno donde, según la lectura que propone la película, podría haber nacido la figura de Robin Hood, que en realidad nunca fue un solo personaje sino un cúmulo de historias orales sobre forajidos que circulaban por la Inglaterra medieval.
Un proyecto con más vidas que el propio Hood
Lo más jugoso del asunto es la historia detrás del título. El filme arrancó su desarrollo hace años como "The Hood", con Benedict Cumberbatch sonando como pieza clave del elenco. Después mutó a "The Rage", etapa en la que Matthew McConaughey llegó a estar asociado a la producción. Cuando se convirtió en "The Uprising", las referencias directas al personaje de Robin parecían haber quedado en el tacho. Hasta que a pocas semanas del estreno le plantaron el subtítulo y revirtieron todo: la leyenda vuelve al centro de la escena justo cuando nadie la esperaba.
Garfield, según lo que se sabe hasta ahora, asumiría un rol vinculado a esa construcción mítica sin que necesariamente se llame Robin en pantalla. Un detalle que define bastante la propuesta: no es una adaptación del cuento clásico, sino una posible explicación de dónde salió el cuento. Esa diferencia es la que puede separar a esta película de las decenas de versiones que ya vimos del arquero del bosque de Sherwood.
Ahora bien, lo que puede diferenciar a esta nueva entrega es justamente lo que la mayoría de las versiones anteriores evitó: la mugre histórica. Greengrass no viene a hacer el cuento del héroe simpático que roba a los ricos y le hace guiños al espectador. Viene a meter al espectador en una Inglaterra que se desangra, con la urgencia narrativa que le conocemos. Si el resultado está a la altura, vamos a estar frente a un Robin Hood que se ganó el título a los codazos, no por nacimiento noble ni por campeonato de arquería.
Habrá que esperar al 30 de octubre para saber si la apuesta cierra. Mientras tanto, queda la certeza de que alguien en el equipo de marketing leyó el guion, vio el potencial, y decidió que mejor ser explícito. No me parece mal: a veces los mejores movimientos son los que te dicen en la cara lo que ya sospechabas. Mientras la película no pierda esa honestidad en pantalla, este cronista se permite la ilusión. Porque si hay algo que el cine necesita es que alguien le dé una vuelta de tuerca al mito sin pedirle permiso a la nostalgia. Y si no sale bien, al menos nos quedó el subtítulo.
