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Adiós al póster y a la ropa en la silla: cómo TikTok e Instagram vaciaron de personalidad los cuartos de los pibes

Lo que antes era un refugio caótico con pósteres y recuerdos hoy parece un set: paredes neutras, camas impecables y luces para filmar. Especialistas advierten que la intimidad adolescente pierde terreno frente a la aprobación de desconocidos.

Por Gabriela ChaileTafí del Valle y turismo · 10 de septiembre de 2026 · hace 2 h

Acá en Tafí del Valle, cuando uno conversa con gente del lugar sobre los cambios de costumbre de los más jóvenes, suele aparecer la misma imagen: el cuarto de un adolescente ya no se parece en nada al que tuvimos nosotros. Hay algo de melancólico en mirarlo, porque ese espacio era, para quien escribe, el único rincón donde mandaba el desorden con autoridad propia.

Hace dos décadas, abrir la puerta de ese cuarto era enfrentarse a un territorio propio: pósteres pegados con cinta, ropa sobre la silla, libros en el piso y algún diario íntimo bien escondido. El desorden era parte del ambiente, una señal de que ese lugar pertenecía a alguien que lo estaba usando para crecer y equivocarse a solas, sin testigos.

Del póster al reflector: la estética del set

En las piezas que circulan por redes sociales cuesta encontrar singularidades o acumulación de objetos personales. En su lugar aparecen paredes de tonos neutros, camas perfectamente tendidas y tiras de luces que funcionan como reflectores improvisados. La personalidad no desapareció, pero se retiró del plano físico: hoy vive en un perfil, no en un rincón con música fuerte.

  • Paredes en tonos neutros, casi sin marcas ni afiches visibles.
  • Camas prolijamente tendidas, pensadas para entrar en cuadro.
  • Tiras de luces LED que reemplazan al velador clásico.
  • Escritorios despejados, sin rastro de cuadernos ni de diarios íntimos.
  • Pocos objetos personales: la identidad se mudó a la pantalla.

El sociólogo Erving Goffman describió hace décadas la diferencia entre el "frente de escena", donde cada uno sostiene una imagen ante los demás, y el espacio privado donde es posible descansar del personaje, ensayar identidades y equivocarse sin público. La habitación adolescente cumplía históricamente esa segunda función: la puerta cerrada era un pacto tácito de suspensión del juicio ajeno.

“La habitación dejó de ser laboratorio de exploración para convertirse en decorado bajo una mirada desconocida.”Sithara Ranasinghe, escritora

La escritora Sithara Ranasinghe define el fenómeno como una habitación con paredes de cristal, donde el límite entre escenario e intimidad se disuelve. Lo más significativo es que la cámara no necesita estar encendida para que el efecto actúe: la sola conciencia de que cualquier rincón puede ser filmado y comentado modifica el comportamiento, inhibe la espontaneidad, desalienta el desorden y empuja hacia la estandarización. Ya no es la mirada de los padres la que ordena el espacio, sino la de una audiencia invisible e internalizada.

La adolescencia siempre fue un umbral incierto, un período de transición donde el error forma parte del aprendizaje. La pregunta que dejan estos cuartos despojados es hasta qué punto ese margen de imperfección sigue existiendo cuando el espacio íntimo se vuelve un set permanente. La recomendación, en este tema, se la escuché a Marta, la dueña de la hostería donde me alojo: prestarles a los pibes el mismo respeto que pedíamos para nuestros propios cuartos, y recordarles que tener la puerta cerrada, alguna vez, fue un derecho y no una falta de confianza.

GC
Gabriela ChaileTafí del Valle y turismo

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