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A la caza del puma en la estepa blanca de Perito Moreno

Tres días de rastreo en la nieve santacruceña para encontrar al felino más grande de la Patagonia, guiados por baqueanos que leen huellas, aves y silencio

Por Gabriela ChaileTafí del Valle y turismo · 4 de septiembre de 2026 · hace 56 min

Paro la camioneta en el cruce de la ruta 40 y la ruta 43, en Perito Moreno, y lo primero que me golpea es el blanco. La estepa entera está tapada de nieve hasta donde alcanza la vista, y el aire corta la cara como si alguien pasara una hoja de afeitar. El termómetro del pueblo marca diez bajo cero y el asfalto de la entrada tiene una película de hielo que hace crujir las cubiertas. Estoy acá para sumarme a una de esas excursiones que cada invierno organizan los baqueanos del lugar: tres días buscando pumas a campo traviesa, con la nieve como aliada y los binoculares como única arma.

Perito Moreno queda en el departamento Lago Buenos Aires, en el corazón de Santa Cruz, y oficia de base para entrar al Parque Patagonia Argentina y a los campos privados que rodean el pueblo. Desde acá se arman las salidas antes del amanecer, con abrigos térmicos, viandas y una paciencia a prueba de congelamiento. El paisaje es austero y precioso a la vez: mesetas que se pierden en el horizonte, cañadones que cortan el terreno como cicatrices y un cielo que parece más cerca por la falta de árboles.

Cómo se llega y cuánto sale

Para llegar hay que volar hasta El Calafate o Comodoro Rivadavia y desde ahí combinar traslado por tierra hasta Perito Moreno, que queda a unos 350 kilómetros de la primera y a unos 600 de la segunda, siempre por rutas que en invierno piden cadenas obligatorias. Las excursiones de tres días con guía local, alojamiento en estancia y pensión completa arrancan en valores que rondan los 350 a 500 dólares por persona, según operador y disponibilidad. Conviene reservar con anticipación porque la temporada fuerte de avistaje va de junio a septiembre, cuando la nieve facilita el rastreo.

Las cuatro señales que leen los guías

  • La agitación de los guanacos y los choiques, que se ponen nerviosos cuando el puma está cerca.
  • Las huellas en la nieve: redondeadas, con almohadilla en forma de pentágono y sin marcas de uñas, porque el felino las retrae; la pata delantera es más grande que la trasera.
  • El vuelo de caranchos o cóndores que van convergiendo hacia un punto, señal de una posible presa.
  • Los restos de guanacos o liebres tapados con tierra y vegetación, el clásico escondite del puma para volver a comer.

Cuando aparece alguna de esas pistas, el grupo se detiene, busca una loma y trabaja con binoculares desde arriba. El avistaje no está garantizado, pero el proceso ya paga: uno aprende a mirar la estepa con otros ojos, a notar el vuelo sesgado de un cóndor o la corrida repentina de una tropilla de guanacos. Un macho adulto puede pesar entre 55 y 80 kilos, la hembra entre 30 y 60, y a diferencia de los grandes felinos no ruge: ronronea, gruñe y silba. Salta hasta cinco metros en vertical y más de diez en horizontal, así que cuando aparece a campo abierto uno entiende por qué los baqueanos le tienen tanto respeto.

En el camino, mientras se rastrea, la estepa regala más fauna: guanacos, zorros colorado y gris, piches, zorrinos y, sobre todo, un cielo lleno de cóndores, choiques y flamencos. En la zona hay más de 120 especies de aves registradas, un número que sorprende para un paisaje tan vacío.

“Acá el puma es el patrón del campo. Si vos ves a los guanacos correr para un lado y los choiques levantar vuelo para otro, algo se mueve. Lo único que hacés es parar el vehículo, subir a una loma y mirar con los binoculares. A veces aparece, a veces no, pero el que apareció nunca se olvida.”Mario Aguilar, baqueano de Perito Moreno
GC
Gabriela ChaileTafí del Valle y turismo

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