Limoges, la ciudad francesa donde la porcelana y el esmalte se viven con las manos
A mitad de camino entre París y Toulouse, la capital del esmalte y la porcelana invita a recorrer museos, talleres y locales de fábrica, con piezas que se pueden comprar y hasta fabricar uno mismo.
Estoy en Limoges y la primera impresión que me llevo es la de una ciudad que mira al río Vienne con la calma de quien lleva siglos haciendo cosas bellas. El cielo de este mediodía de otoño está limpio, las hojas empiezan a amarillear sobre las veredas del centro y las fachadas de piedra parecen querer contar algo. Me apoyo en un paredón tibio, respiro hondo y pienso que acá, a unas seis horas en tren desde París y poco más de tres desde Toulouse, late uno de los capítulos más bonitos de las artes decorativas europeas. Lo que la ciudad ofrece es un recorrido que se hace caminando, con tiempo, mezclando museos, talleres y tiendas de fábrica donde la porcelana y el esmalte siguen siendo moneda corriente.
Museo Nacional Adrien Dubouché, una colección con historia
Museo Nacional Adrien Dubouché, una colección con historia
La primera parada fuerte es el Museo Nacional Adrien Dubouché, bautizado así en homenaje a un mecenas del siglo XIX que juntó una colección enorme de porcelanas producidas en la región. El recorrido pasa por el servicio Grain-de-riz, hecho por la manufactura Pouyat en 1878, y por las creaciones de Haviland, que supo meter aires japoneses en sus vajillas. También se ve cómo el art nouveau y el art déco fueron cambiando las formas de una ciudad que no paró de producir. La entrada general ronda los 7 euros y se llega fácil desde la estación de tren, a unos quince minutos caminando por la avenida principal.
Esmaltes con más de mil años de oficio
El Museo de Bellas Artes, instalado en lo que fue el palacio episcopal, es la otra cita ineludible. Eric Boutaud, el guía local, me cuenta mientras subimos la escalera de piedra que adentro hay más de 1200 piezas de esmalte que van del siglo XI hasta hoy. Me detengo frente a una medallita azul de apenas tres centímetros, fechada cerca del año 1000, y me cuesta creer que siga ahí, con ese color vivo. El recorrido sigue por relicarios medievales y desemboca en los trabajos renacentistas de Léonard Limosin, uno de los nombres mayores del oficio. La entrada cuesta unos 6 euros y vale quedarse un buen rato.
Talleres para hacer tu propia pieza
Talleres para hacer tu propia pieza
Lo que más me gustó, y se lo recomiendo a cualquiera que pase por acá, es meterse en uno de los pequeños talleres donde todavía se enseña el esmaltado medieval. Hay propuestas de iniciación en las que uno se sienta frente al fuego, trabaja una plaquita o una joyita y se la lleva puesta. Los precios arrancan cerca de los 25 euros por persona y las clases duran entre una y dos horas, según el taller. Para reservar, conviene pasar antes por la oficina de turismo, que está a dos cuadras de la plaza central y maneja los cupos en castellano con un poco de paciencia.
- Cómo llegar: en tren TGV desde París, unas seis horas; desde Toulouse, alrededor de tres horas y media. La estación queda a quince minutos a pie del centro.
- Dónde dormir: hoteles boutique en el casco histórico, entre 90 y 140 euros la noche en doble; opciones más económicas, desde 55 euros, en las calles alrededor de la estación.
- Dónde comer: el mercado cubierto de la plaza central abre de martes a domingo y es el mejor lugar para probar queso, paté y platos regionales sin gastar de más.
- Qué comprar: vajilla y piezas sueltas en los locales de fábrica, con descuentos que van del 20 al 40 por ciento respecto de las grandes tiendas.
- Clima y época: lo mejor es ir entre mayo y septiembre, cuando los días son largos y los talleres están a pleno.
La porcelana, me explica un artesano mientras seca una taza recién salida del horno, empezó a expandirse acá hacia 1760, cuando se descubrió caolín en las canteras de los alrededores. La combinación de esa arcilla blanca con los bosques cercanos, que proveían la leña para los hornos, fue la fórmula que disparó la industria. Esa historia no es solo del pasado: sigue viva en las manufacturas y en los talleres que se pueden visitar durante todo el año. Antes de irme me cruzo con Mathilde, una librera del centro, que me recomienda sin dudar: 'No te vayas sin pasar por la catedral Saint-Étienne, donde está Notre-Dame de la Pleine Lumière, una virgen negra hecha íntegramente en esmalte por Léa Sham's y Alain Duban. Esa pieza, mirándola un rato, te cambia la mañana'.
