«La isla olvidada»: una aventura animada que se acuerda de Filipinas cuando casi nadie se acuerda
La nueva de DreamWorks dirigida por Joel Crawford y Januel Mercado mezcla fantasía, acción y comedia para contar una amistad adolescente que sobrevive a la distancia. Acá la vimos, acá te la contamos.
A esta altura, ver un sello como DreamWorks en el cartel ya no garantiza nada: puede salir una joyita o puede salir otro refrito con moraleja barata. Con «La isla olvidada», lo que aparece en el afiche es, justamente, lo segundo: una aventura que se anima a poner a Filipinas como escenario —con sus costumbres, su imaginario y hasta sus referencias ochenteras— y no como decorado de exotismo barato. Eso, viniendo de un tanque hollywoodense, ya es casi un acto de valentía.
La historia sigue a Raissa y Jo, dos amigas adolescentes que tienen que separarse y que cargan con el lastre típico de esa edad: los recuerdos compartidos, las cosas no dichas y la sensación de que el mundo se cae cuando alguien se va. Lo interesante es que la película no se queda en el lamento: arma alrededor de esa separación una road movie fantástica en la que las pibas van saltando de mundo en mundo, sumando personajes a un grupo que se va armando sobre la marcha, y cruzándose con una villana que les pisa los talones.
Fantasía con piernas
El punto fuerte es el tono. La propuesta visual mezcla estilos de animación y se apoya mucho en el humor físico: gags que funcionan por la imagen, movimientos de cámara que parecen pensados para una pantalla grande y un ritmo acelerado que no da respiro. Hay referencias a series de los ochenta —a veces explícitas, a veces apenas sugeridas— que los adultos del público van a pescar antes que los pibes, y al revés también pasa. La película deja que cada generación encuentre su propia lectura.
En el plano narrativo, la comedia convive con temas más pesados: la separación, el trauma, el peso de lo que se vivió juntos. Los personajes tienen imperfecciones, no son héroesy heroínas de manual, y eso les da aire. La relación entre Raissa y Jo concentra la carga emocional y, como suele pasar en este tipo de relatos, es en el tramo final donde la historia se permite detener la pelota y dejar que lo sentimental respire.
Mi veredicto, con la escala de siempre: «La isla olvidada» vale la entrada. No es perfecta —el ritmo apurado le saca peso a algunos momentos clave y la villana podría haber dado más pelea—, pero tiene algo que se está perdiendo en la animación industrial: se toma en serio a sus protagonistas y al lugar del que habla. En una cartelera acostumbrada a mirar a Asia desde afuera, verla contar una historia desde adentro ya merece un aplauso. Y me lo guardo, sobre todo, para el equipo de arte: cada cuadro de esos mundos fantásticos parece pensado para que los pibes quieran entrar a la pantalla y los grandes quieran quedarse ahí un rato.
