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Martes, 6 de octubre de 2026
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La herencia silenciosa que muchos adultos todavía cargan sobre los hombros

La psicóloga Cynthia Wila, autora del ensayo La culpa, analiza cómo las expectativas familiares pueden transformarse en un reproche permanente y propone revisar qué se asume como propio y qué llegó de afuera.

Por Cecilia SoriaSimoca y tradiciones · · hace 1 h
La herencia silenciosa que muchos adultos todavía cargan sobre los hombros

En la feria de Simoca, una vez me crucé con una señora que estaba eligiendo tomates con una seriedad que parecía la de quien firma un contrato. Me miró, me vio el cuaderno y me dijo, así, sin más: 'Yo a los cincuenta años todavía le pido permiso a mi vieja para vivir'. Lo soltó y siguió buscando el tomate perfecto. Esa frase me quedó dando vueltas mucho tiempo, y la entendí del todo cuando leí lo que la psicóloga Cynthia Wila explica en su ensayo La culpa, publicado por Paidós. Porque esa señora de la feria estaba poniendo en palabras algo que muchos arrastramos sin saber bien desde cuándo: la sensación de que hay alguien mirándonos, evaluando cada decisión, aunque esa persona ya no esté o aunque nunca haya dicho una sola palabra dura.

Cuando el deseo de los padres se vuelve una meta propia

Wila parte de una idea que a mí me parece clave y que vale la pena repetir: las expectativas que madres y padres depositan en sus hijos muchas veces incluyen proyectos que ellos mismos no pudieron llevar adelante. Lo que no pudieron, lo deseable que quedó trunco, se transforma en una demanda que el hijo o la hija tiene que satisfacer, como si pudiera resolver un asunto que no le pertenece. La psicóloga señala que cumplir con los deseos pendientes de otra persona es, en la práctica, una tarea imposible. Y sin embargo, uno se pasa años intentándolo, con esa voluntad medio inconsciente de quedar bien, de no defraudar, de merecer un afecto que uno siente que está siempre un poquito en juego.

Lo que más me llamó la atención de su planteo es que no hace falta que esas expectativas se transmitan con palabras hirientes. Un pedido dicho con cariño, con esa suavidad que a veces es peor que un grito, también deja abierta la pregunta que tantas veces nos carcome: qué esperan los adultos, qué tengo que hacer yo para ganarme su aprobación. Esa búsqueda, dice Wila, puede provocar angustia y culpa. Yo agregaría que también provoca agotamiento, esa clase de cansancio que no se va con dormir bien, porque viene de un lugar que no tiene horario ni descanso.

Mandatos, normas y el miedo a perder el afecto

Wila distingue con mucho cuidado dos cosas que suelen mezclarse: las normas que ayudan a convivir, como las que limitan la agresividad, y los mandatos que restringen las elecciones personales. Las primeras son acuerdos para que la vida en común funcione; los segundos son exigencias que se instalan en zonas íntimas, como la vocación, la pareja, el cuerpo, el lugar donde uno decide vivir. Y acá aparece uno de los puntos más humanos de su análisis: muchas de esas exigencias quedan atadas al miedo a perder el afecto de quien las transmite. Por eso las decisiones pueden quedar condicionadas por ese temor, y uno elige no por deseo sino por pánico a que dejen de querernos.

También aclara algo que me parece honesto y respetuoso: la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía muchísimo según las experiencias de cada persona. No hay recetas universales, dice, sino recorridos individuales atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas. Esa advertencia me parece importante para no transformar un ensayo en una sentencia: cada uno carga con su propia historia, y las herramientas sirven en la medida en que uno las pueda hacer propias.

Frente a todo esto, la propuesta de Wila es bastante concreta y, a la vez, profundamente difícil: detenerse a pensar qué está pasando y revisar de qué se acusa uno realmente. El eje es distinguir la responsabilidad por los propios actos del reproche permanente contra uno mismo. Es decir, hacerse cargo de lo que efectivamente hicimos mal, si es que hicimos algo mal, y dejar de sostener un cuestionamiento que muchas veces no responde a un hecho concreto sino a una voz internalizada. Porque, como ella lo explica, las voces y los juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios que siguen funcionando en la adultez, aunque ya no haya nadie afuera formulándolos.

Mientras escribo esto, me sigue resonando la frase de la señora de los tomates, esa confesión inesperada entre puestos, con el ruido de fondo de la gente regateando. A veces pienso que la mejor manera de empezar a soltar esa carga es animarse a decir, aunque sea en voz baja, lo que uno siente. Y si no se lo decimos a nadie, al menos tenerlo claro para nosotros. Como me dijo esa mujer, mientras guardaba los tomates en la bolsa y se daba vuelta para irse: 'Hasta que uno no se da cuenta, vive pidiendo permiso para ser quien es'.

CS
Cecilia SoriaSimoca y tradiciones

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