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Domingo, 4 de octubre de 2026
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Juan Diego Flórez en el Colón: un tenor que se da el gusto de cantar lo que le cantaba su vieja

El peruano volvió al Teatro Colón con Mozart, Rossini y compañía, y se guardó para los bises a Chabuca Granda y Gardel, con la guitarra al hombro. Habló de cómo elige las canciones, de qué le dejaron los años de carrera y de por qué sigue apostando a enseñarles música a pibes que no tienen nada.

Por Lorena RoblesCultura y espectáculos · · hace 1 h
Juan Diego Flórez en el Colón: un tenor que se da el gusto de cantar lo que le cantaba su vieja

A confesión de partes, relevo de pruebas. Si el afiche decía tenor peruano vuelve al Colón, uno ya se imagina un recital solemne, corbata de moño y dedos en los bolsillos del chaleco. Y sí, Juan Diego Flórez cumplió con la liturgia: Mozart, Rossini, Donizetti y Gounod sonaron con esa pulcritud que justifica la de las plateas. Pero el verdadero show vino después, cuando agarró la guitarra y se acordó de quién era antes de ser quien es.

La guitarra como documento de identidad

Vale la entrada. No por los sobre operas, sino por esos bises que fueron un viaje en el tiempo. Flórez cantó a Chabuca Granda y a Gardel con una naturalidad que desarma: era el pibe que escuchaba música criolla en la casa de su vieja, el que a los quince años ya escribía canciones y rasguñaba la guitarra sin sospechar que la ópera le iba a comer la vida. Ese Flórez íntimo es un hallazgo, y él lo sabe: contó que a veces prueba los temas en el camarín y resuelve ahí, a último momento, qué le va a tirar al público cuando se termine el programa serio.

“Hay canciones que las busco por la melodía, otras por la letra, otras por el recuerdo que me traen. A veces las pruebo en el camarín y ahí decido qué cantar.”Juan Diego Flórez

Lo que enseñan los años, si los años enseñan algo

Una de las cosas que más me interesa de los cantantes que llevan décadas arriba del escenario es qué hacen con todo ese tiempo. Flórez lo contó sin ropaje: los años, dijo, le sirven para encontrar sentidos nuevos en las mismas palabras, en las mismas notas que cantó mil veces. La técnica sirve para eso: no para lucirse, sino para comunicar lo que vive cada personaje. Aunque el libreto se haya escrito hace doscientos años, los personajes siguen sintiendo cosas que uno reconoce en la propia cocina. Esa es la trampa linda de la ópera, y este cantante la conoce de memoria.

  • La elección de cada canción del bis pasa por la melodía, la letra o el recuerdo asociado, y a veces se define en el camarín minutos antes de salir a escena.
  • El repertorio lírico y las canciones populares conviven porque Flórez las siente parte de la misma historia: la música criolla de su casa, el rock, la trova y después la ópera.
  • La preparación vocal no es un fin en sí mismo: es la herramienta para que las emociones de los personajes lleguen al público hoy, no en un museo.
  • Sinfonía por el Perú no enseña solo a tocar o cantar: apunta a que los chicos ganen confianza, aprendan a escucharse y a trabajar con otros.

Y acá viene lo que a mí, personalmente, me importa más que cualquier nota bien puesta: lo que hace este señor con la fama. Sinfonía por el Perú es un programa que trabaja con chicos y jóvenes, y Flórez no lo usa como adorno de reporteo. Lo contó con una convicción que no se fabrica: la música, dijo, le da a los pibes herramientas para expresarse y para el fraseo de la vida, que es más importante que aprender un instrumento. Detrás de ese trabajo está, también, una devolución: él recibió acompañamiento cuando se formaba y ahora decide repartir lo que aprendió. No es un mecenas lejano, es alguien que se sienta a hacer música con los gurises. En un país donde la cultura se cae a pedazos y los pibes no tienen un mango, eso vale más que cualquier do de pecho en un teatro con palcos goldangés.

La pregunta que dejó el reportero al final es de las buenas: qué lugar hay que darle a las canciones populares en un concierto de ópera. La respuesta, mirándolo a Flórez subir al escenario con la guitarra y cantar Chabuca Granda después de Donizetti, parece bastante clara: el lugar que les dé la gana. Si el cantante las siente parte de su historia, el público termina sintiéndolas propias. No vale la mitad: vale la entrada completa, y de yapa te llevás la lección de que la música seria, cuando se ensucia con lo popular, se vuelve más humana. Un aplauso, aparte, para los que todavía se toman el trabajo de enseñarles algo a los que vienen atrás.

LR
Lorena RoblesCultura y espectáculos

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