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Iván Ramírez se sacó las pelucas y va al casting con su propia garganta: qué hay detrás del salto

El imitador se animó a un concurso de canto sin disfrazarse de nadie. Habla de los ensayos, de las cuatro horas de maquillaje y del unipersonal que le ofrecieron en Mar del Plata.

Por Lorena RoblesCultura y espectáculos · 21 de septiembre de 2026 · hace 2 h

A esta altura del partido, uno ya no sabe si sorprende más que Iván Ramírez siga sumando proyectos o que todavía le quede tiempo para dormir. El tipo que supo llenar una televisión entera con pelucas, prótesis y voces ajenas decidió, finalmente, mostrar la suya propia. Y no en un escenario under ni en un bar con covers: en Es mi sueño, el programa de Guido Kaczka, compitiendo como cantante. Sin disfraz. Sin Mulán. Sin la calva de reluciente del Papa. Solo él y su garganta, esa que él mismo dice no conocer del todo.

De las clases de canto a la pantalla chica

Vale la entrada solo por escucharlo confesarlo: “Lo primero que pensé es: no sé cantar con mi voz”. La frase es casi un spot publicitario para cualquiera que alguna vez se haya sentido impostor. Ramírez tomó clases de canto durante años, pero siempre al servicio de la copia: afinar para parecerse, desafinar para caricaturizar. Ahora, con el equipo de entrenamiento vocal del ciclo, trabaja al revés: busca un timbre propio, algo que el oído del público argentino rara vez le permitió exhibir.

La convocatoria lo agarró a contramano. Esperaba sumarse al programa haciendo de las suyas —un guiño, un personaje, una imitación relámpago— y terminó firmando como concursante. Tiene su lógica: ya había cruzado su camino con Kaczka cuando tenía 17 años, en Hacelo feliz, donde se animó con Dread Mar-I. Aquella vez ganó aplausos; esta vez, el riesgo es otro. Se trata de cantar él. De exponerse sin red.

El backstage de las imitaciones

Para entender por qué este salto significa algo, hay que mirar la trastienda. Ramírez lleva la cuenta: más de 150 personajes en repertorio, repartidos entre figuras del espectáculo, deportistas y dibujos animados. Cada uno tiene un proceso. Primero observa cómo piensa el modelo, qué le interesa, cómo se mueve. Después trabaja la voz y los gestos. Recién al final entran el vestuario y la caracterización. La producción, dice, es un infierno: una prótesis lleva un mínimo de cuatro horas, el maquillaje suma otras dos, las pelucas son de cabello natural y la ropa se cose a medida.

Vale la mitad del boleto cuando uno se imagina al Iván de hoy, ya grande, repitiendo la operación de la primera vez: a los 14, en el cumpleaños de una amiga, se vistió de Lía Crucet con un traje que le cosió su bisabuela. Aquella noche le salieron tres fechas. La lógica se mantiene: cada disfraz es una pequeña empresa.

Los otros frentes abiertos

  • Forma parte del elenco de Viralizados, el ciclo que lo tiene como una de sus caras visibles.
  • Estrenó Iván y vienen, su propio programa en formato streaming.
  • Recién le ofrecieron encabezar un unipersonal en Mar del Plata, todavía en etapa de negociación.
  • Sigue activo en eventos privados, donde las imitaciones siguen siendo el plato fuerte.

Lo más interesante de esta movida no es que Ramírez cante bien o mal —eso lo dirá el público y el rating—. Lo interesante es que un artista que hizo de la máscara su marca registrada decida, pasados los treinta y muchos, sacársela. Hay algo de valentía y algo de necesidad: los personajes ya conocidos tienen techo, y la voz propia, por más oxidada que esté, todavía puede dar pelea. Si le sale bien, habrá descubierto un Ramírez sin maquillar que también llena una pantalla. Si le sale mal, siempre le quedarán las pelucas.

Mientras tanto, en algún canal del cable, hay un equipo de vestuario que debe estar rezando para que este experimento dure poco. Cuatro horas de prótesis por personaje, dos de maquillaje, pelucas de pelo humano: la economía del terror. Si Iván se enamora de cantar, alguien va a tener que aprender a planchar menos trajes.

LR
Lorena RoblesCultura y espectáculos

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