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Lunes, 5 de octubre de 2026
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Iñárritu, Cruise y una obra de teatro que termina cuando se acaban las mascarillas

Digger, la nueva película del director mexicano, cruza crisis climática, capitalismo y espectáculo con Tom Cruise como actor dentro de un actor. Un magnate, un sobrino con barbijo y un escenario donde la realidad se paga en función.

Por Lorena RoblesCultura y espectáculos · · hace 1 h
Iñárritu, Cruise y una obra de teatro que termina cuando se acaban las mascarillas

A esta altura uno ya no sabe si Alejandro González Iñárritu está filmando cine o mandando mensajes cifrados desde una montaña. Lo concreto: Digger, su película nueva, tiene a Tom Cruise haciendo de actor que interpreta a un magnate en una obra de teatro. Sí, una muñeca rusa. Y eso recién se revela después del primer acto, que es la manera elegante que tiene Iñárritu de decirle al espectador "agarrate, que ahora viene lo bueno".

Vale la entrada solo por esa primera vuelta de tuerca, que cambia todo lo que veníamos mirando. Hasta ese momento, la historia sigue los pasos de un magnate de esos que mueven el mundo con un llamado telefónico. Pero el detalle está en que ese mundo necesita mascarillas para poder habitarse: la catástrofe ya pasó, lo que queda es el negocio de respirar sin morirse en el intento.

Jesse Plemons, el sobrino que sostiene el chiste entero

Jesse Plemons se carga al hombro el segundo plano de la película, que es el más jugoso. Encarna al sobrino del magnate, el que mantiene el imperio familiar vendiendo las mascarillas que la gente necesita para pisar la calle. Y al mismo tiempo, es el que financia la puesta teatral donde se representa la vida de su tío. Plemons sostiene la sátira sin levantar la voz, algo que vale la entrada y el pochoclo.

  • Tom Cruise interpreta a un actor que encarna al magnate en la obra de teatro.
  • La revelación del papel de Cruise llega después del primer acto y reordena toda la lectura.
  • Jesse Plemons es el sobrino que vende las mascarillas y, a la vez, el que paga la función.
  • El final de la obra coincide con la muerte de Digger, celebrada por el público desde la butaca.
  • Los espectadores salen del teatro con sus mascarillas puestas, esquivando controles policiales.

El desenlace es de los que se quedan dando vueltas un rato. Sobre el escenario se representa la caída y la muerte de Digger, y el público celebra. Cuando baja el telón, los asistentes se calzan las mascarillas y salen a la calle procurando no cruzarse con la policía. Teatro y quedan atados con un nudo que la película no se molesta en desatar.

La música, tanto en los últimos tramos como en los créditos, se encarga de prolongar la incomodidad. Regala momentos de alivio que corta de manera abrupta, como si alguien cambiara la canción justo cuando uno empieza a respirar. Es un recurso viejo, sí, pero acá funciona porque el mundo que plantea la película tampoco deja terminar nada tranquilo.

¿Vale la entrada? Vale, con la advertencia de que Digger no es una película para mirar distraído. Hay que bancarse el primer acto para entender el segundo, y bancarse el segundo para llegar al final con la mandíbula tensa. Y a quien nadie nombra en estas líneas, el director de fotografía, le sobra oficio: cada plano del teatro parece un cuadro, y cada plano de la calle parece una amenaza. Una lástima que los créditos terminen cuando todavía quedan preguntas dando vueltas.

LR
Lorena RoblesCultura y espectáculos

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