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Entre ripio y cauce seco: una travesía 4x4 hasta los fantasmas mineros de Virginia II

La propuesta parte de la capital sanjuanina, combina la Ruta 40, el lecho arenoso del río La Laja y una caminata final hasta un antiguo campamento que los vecinos identifican como Virginia II, sin señalización ni acceso convencional.

Por Gabriela ChaileTafí del Valle y turismo · 24 de septiembre de 2026 · hace 48 min

Les cuento lo que vi con mis propios ojos cuando la mañana todavía estaba fresca en la capital sanjuanina: una fila de camionetas 4x4 se acomodaba en una estación de servicio con el ronroneo de los motores listos para el ripio. El grupo se preparaba para una travesía que combina ruta asfaltada, camino de tierra y un tramo por el cauce seco del río La Laja, con destino a un antiguo campamento minero que los lugareños llaman Virginia II. No hay carteles en el camino ni un centro de interpretación que reciba al visitante: la única forma de llegar es siguiendo un track grabado en el GPS y evaluando el terreno a cada paso.

Cómo se llega y cuánto sale la aventura

El itinerario arranca en la ciudad de San Juan y toma la Ruta 40 hacia el norte, para desviarse después por la antigua ruta de ripio a Mogna. Más adelante, las camionetas abandonan el camino consolidado y se internan en el cauce seco del río La Laja, en un tramo comprendido entre Talacasto y Mogna, donde la arena, las piedras sueltas y el material que dejaron las crecidas vuelven la marcha lenta y obligan a detenerse para elegir por dónde seguir. La salida fue guiada por Verónica Romaña, al frente de la caravana de Mainumby4x4, y los valores y contactos los maneja ella directamente: quienes quieran sumarse deben pedirle el presupuesto por sus redes o por WhatsApp, porque no hay una tarifa pública ni oficina de turismo que intermedié.

El avance sobre el lecho del río tiene su propia lógica: las huellas se bifurcan, algunos pasos se desdibujan después de una creciente y el track se vuelve una referencia más que una garantía. En más de un momento hay que bajarse, mirar el piso y decidir entre varias opciones. Cuando finalmente aparece una quebrada apta para estacionar, empieza la caminata.

Lo que queda del campamento

El sendero que sube hasta las antiguas construcciones va zigzagueando entre las laderas. Arriba, el tiempo parece haberse detenido a medias: hay chapas dobladas, hierros oxidados, tambores metálicos y hasta prendas de trabajo olvidadas, como cascos y guantes que todavía cuentan, en silencio, la vida de quienes pasaron por allí. En las galerías se ven rieles, recipientes para trasladar mineral, utensilios de cocina, bolsas que habían contenido explosivos y los cables que se usaban para las detonaciones. Nada de eso está exhibido de manera ordenada: el sitio conserva paredes derrumbadas, piques y labores parcialmente cubiertas por el material que fue cayendo con los años.

La recorrida que hicimos incluyó apenas un ingreso de pocos metros a una galería, lo justo para tomar dimensión del lugar. Nadie se animó a meterse más adentro ni está recomendado hacerlo: no hay una evaluación de seguridad del espacio subterráneo y las estructuras pueden ser inestables. La consigna fue mirar, sacar fotos y volver.

Lo que no se sabe y lo que sí

Hay un dato que me parece importante compartirles con honestidad: la identificación del yacimiento mantiene un margen de incertidumbre. Los vecinos lo llaman Virginia II, pero la documentación pública que se mencionó durante la salida no permite confirmar ese nombre de manera concluyente. Tampoco están precisados el inicio y el cierre de la explotación, cuántas personas trabajaron allí ni qué mineral se extraía. Es parte del encanto y también de la precaución con la que hay que tomar el relato: lo que vemos son ruinas, no un museo.

La parada en la Ramada de Carrascosa

El regreso no terminó en el mismo punto donde arrancó la caminata. La caravana hizo una pausa en la Ramada de Carrascosa, un sitio vinculado con la devoción popular por Santa Bárbara, patrona de los mineros y de quienes trabajan bajo tierra. Es un cierre sentido para una jornada que tuvo tanto de aventura como de memoria: uno vuelve a San Juan con el cuerpo cansado, el cuaderno lleno de apuntes y la sensación de haber caminado por un lugar que la mayoría de los mapas apenas insinúa.

La recomendación de un lugareño

Antes de cerrar la nota, me quedé charlando con Don Osvaldo, un vecino de Talacasto que conoce esos cerros desde chico y que cada tanto se cruza con algún grupo perdido. Me dijo, con esa calma de la gente del oeste sanjuanino: 'Vayan siempre con alguien que haya ido antes, lleven agua de sobra y no se metan en las galerías. Esto no es una plaza, es la montaña.' Una frase simple que, después de ver el lugar, se entiende perfecto.

GC
Gabriela ChaileTafí del Valle y turismo

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