El paraíso se parece más a un grupo de whatsapp que no podés silenciar
The Good Place convirtió el más allá en un laboratorio de ética convecional y demostró que la filosofía se entiende mejor si Ted Danson te la explica con cara de preocupado.
Acá estamos otra vez con un cartel que promete reflexiones profundas y termina entregando cuatro temporadas de carcajadas. Sí, hablo de The Good Place, esa comedia que se atreve a mezclar el utilitarismo con chistes sobre tortugas parlantes y aun así sale airosa. Vale la entrada completa, y no lo digo porque sí: lo digo porque es de esas series que se ven con una copa de vino y te dejan pensando cosas que no querías pensar un domingo a la noche.
Cinco protagonistas y un problema enorme
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Michael Schur, el mismo de Parks and Recreation y Brooklyn Nine-Nine, armó una premisa insólita: Eleanor Shellstrop llega al lugar reservado para las buenas personas después de morir, y rápido se da cuenta de que hubo un error administrativo. Su vida fue un catálogo de egoísmo, estafas y mala onda, y sin embargo terminó en el barrio deluxe del más allá. Para no perder su lugar, empieza a estudiar filosofía con Chidi, un profesor interpretado por William Jackson Harper que no puede decidir qué comer en el desayuno sin armar una crisis ética.
- Eleanor Shellstrop: la protagonista que admite sin pudor que no merece estar ahí.
- Chidi Anagonye: el profesor de filosofía que lleva la culpa como segundo nombre.
- Tahani Al-Jamil: la mujer que se la pasa name-droppeando celebrities porque en su familia eso cuenta como logro.
- Jason Mendoza: el chico que solo piensa en perdoná, ahí me fui. Jason es un tipo que confunde ética con baılıcaí y aun así se roba cada escena.
- Michael: el arquitecto del barrio, interpretado por Ted Danson con cara de que algo no cierra nunca.
El reparto es lo que sostiene todo cuando la premisa amenaza con volverse pretenciosa. Ted Danson es uno de esos actores que podrían leer la guía telefónica y sonar interesantes, y acá le sobra talento: su Michael tiene esa calidez engañosa de un comercial de medicina prepaga. Jameela Jamil aprovecha cada plano para construir a Tahani como alguien que necesita la aprobación externa como respirar. Manny Jacinto, en tanto, hace el milagro inverse: convierte a Jason en el corazón emocional de la serie sin que el personaje se entere. Y Kristen Bell carga con el peso de ser una antipática redimida por obligación de guion, algo que podría haber sido insoportable y termina resultando conmovedor.
Filosofía explicada sin que te duela la cabeza
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La serie se anima a meter en la conversación a Kant, Aristóteles, el utilitarismo de Mill, el consecuencialismo y la ética deontológica sin que parezca una clase de la facu. Los conceptos aparecen cuando los personajes tropiezan con dilemas concretos: ¿mentir para proteger a alguien es aceptable? ¿Una buena acción egoísta cuenta como buena acción? Son preguntas que en una clase de filosofía te dan sueño, y acá te mantienen pegado al sillón. El mérito es enorme, porque hacerlo accesible sin caer en el simplismo es un equilibro que pocas ficciones logran sostener cuatro temporadas. Los 53 episodios mantienen el pulso sin perder la irreverencia que los hizo entrañables.
El recorrido incluye la pérdida, el paso del tiempo y los vínculos entre los protagonistas. La serie no esquiva los temas pesados: la idea de que después de la muerte lo que cuenta es cómo conviviste con otros se instala de a poco y golpea cuando uno menos lo espera. No es una serie sobre la muerte, es una serie sobre la vida, pero necesita ese truco del más allá para que los personajes hablen sin tapujos de lo que les importa. El final cierra el arco completo y deja a cada uno en un lugar distinto al que empezó, que es lo mínimo que se le puede pedir a una historia que se tomó en serio la pregunta de si uno puede cambiar.
Si tuviera que recomendarle esta serie a alguien, sería a ese amigo o amiga que después de los cuarenta se obsesiona con el sentido de la vida y todavía cree que la filosofía es cosa de hippies. The Good Place le va a demostrar que pensar no duele si está envuelto en buen humor y en la mejor actuación coral de los últimos años en comedias. Mi modesta opinión: vale la entrada sin dudarlo, y si podés verla acompañada, mejor todavía. Nada mejor para discutir la ética kantiana que con alguien que se enoja cada vez que Eleanor roba un frozen yogurt del vecindario perfecto. ¿Qué dilema te gustaría plantearle a Chidi?
