Dos pueblos fantasma y una guerra que se filma sola: así se rodó La bola negra en Burgos
Calvo y Ambrossi encontraron en Castil de Carrias y Loranquillo la ruina perfecta para sus escenas de la Guerra Civil: casas abandonadas con las botellas todavía en el estante y un último vecino que se fue en 1994.
A esta altura ya me asombra que alguien encuentre en un pueblo abandonado el decorado ideal para una película y no, directamente, un símbolo de cómo se viene abajo todo. Pero acá estamos: La bola negra, la nueva apuesta de los Javis, eligió dos aldeas deshabitadas de la provincia de Burgos para rodar sus secuencias de la Guerra Civil. El casting de paisajes, ojo, fue casi tan importante como el de actores.
Castil de Carrias: el pueblo que se quedó sin último vecino en 1994
Cuando el equipo de localizaciones llegó a Castil de Carrias, a unos diez kilómetros de Belorado, entendió que estaba ante algo que no se puede fabricar con tramoya. El pueblo tiene historia documentada desde el siglo XII, llegó a tener más de 240 habitantes a mediados del siglo XIX y fue perdiendo gente a ritmo constante: 178 vecinos en 1950, 59 en 1970 y, finalmente, ninguno. El último fue Florentino González Sáez, muerto en 1994. Quedaron la escuela, una taberna con las botellas todavía en el estante, cacharros domésticos tirados, vehículos oxidados y la iglesia de Santa María, con sus señales de expolio a la vista.
El rodaje arrancó allí el 25 de agosto de 2025. Durante esas jornadas, el pueblo quedó cerrado al público, convertido en un set de filmación con plus de historia real. La responsable de localizaciones, Clara Salvador, fue la encargada de recorrer la provincia hasta dar con estas condiciones. Lo que buscaban los directores era simple de explicar y difícil de conseguir: edificios parcialmente derruidos para no tener que construir decorados desde cero ni romper nada al terminar.
Loranquillo: la otra pieza del rompecabezas
- A pocos kilómetros de Castil de Carrias, integrado al municipio de Belorado en los años setenta.
- Sus últimos habitantes se fueron en la década de 1990.
- Forma parte, junto con Castil de Carrias y Quintanilla, de una ruta de senderismo de 22 kilómetros.
- Aportó al rodaje más ruinas con la misma lógica: vida interrumpida, cosas sin recoger.
Para Calvo y Ambrossi no bastaba con que las paredes se vieran en ruinas. Lo que querían, según dijeron, era la sensación de una vida que se cortó de golpe y nadie tuvo tiempo de ordenar. Ese detalle, aclararon, tiene un lugar preciso dentro de la película, que gira en torno a la memoria, la violencia y lo que el tiempo se encarga de borrar. Y vaya si estos pueblos ayudan: botellas sin dueño, un aula sin pizarra, un altar saqueado. La historia se filma sola, casi.
“Lo que buscábamos no era solo la imagen de las ruinas, sino la sensación de una vida interrumpida sin que nadie terminara de recoger sus cosas.”Javier Calvo y Javier Ambrossi, directores de La bola negra
Vale la entrada, y de lejos. No por los Javis, que pueden gustar o no, sino por la decisión de dejar que dos pueblos muertos cuenten lo que los pueblos muertos saben contar: que acá había alguien, que se fue, y que nadie volvió a cerrar la puerta. Un aplauso, entonces, para Florentino González Sáez, el último vecino de Castil de Carrias, que sin saberlo terminó siendo parte del reparto.
