Discapacidad: la innovación deslumbrante que no resuelve la vida cotidiana
Exoesqueletos y dispositivos de alta gama acaparan la atención mediática y los presupuestos, mientras que rampas, accesos y sitios web compatibles siguen pendientes. Especialistas advierte que el problema no es solo tecnológico: también es una cuestión de poder sobre qué se decide resolver primero.
Cuando una persona cuadripléjica sube una escalera con un exoesqueleto de última generación, la imagen circula y genera admiración. Lo que rara vez se pregunta es por qué esa escalera sigue siendo un obstáculo dentro del propio edificio. La escena resume, según el periodista Robert Kingett, una de las distorsiones más persistentes en el debate sobre accesibilidad: la fascinación por lo extraordinario oculta la deuda pendiente con lo básico.
Kingett sostiene que los dispositivos más costosos y vistosos tienden a eclipsar soluciones menos glamorosas pero más urgentes. Una rampa bien construida, una entrada accesible o una página web que funcione con tecnología de asistencia de pantalla pueden transformar la rutina de una persona con discapacidad, y sin embargo quedan relegadas en la agenda pública. Su diagnóstico es directo: él no necesita una silla robótica para escalar una montaña, necesita poder ir a la biblioteca.
El problema no es solo técnico
La filósofa de la educación Liz Jackson acuñó el término "disability dongle" para describir soluciones ingeniosas que responden a necesidades mal definidas, diseñadas sin participación real de quienes las van a usar. En esos casos, la persona con discapacidad aparece en la foto de la presentación del producto, pero no tuvo incidencia sobre qué se decidió construir ni puede cuestionar la premisa de partida.
“La diferencia entre diseñar para alguien y diseñar con alguien no es un detalle de proceso: define quién tiene autoridad para nombrar el problema.”Liz Jackson, filósofa de la educación
El contraste importa porque traslada el eje de la discusión. Ya no se trata únicamente de lo que una persona puede o no puede hacer con su cuerpo, sino de las condiciones que el entorno impone para permitirle participar en actividades ordinarias como hacer compras, informarse o entrar a un edificio. Cuando esas condiciones faltan, la responsabilidad recae sobre el individuo, que debe improvisar o resignarse.
Barreras que esperan solución antes que cualquier gadget
- Rampas y entradas accesibles en edificios públicos y privados de uso frecuente.
- Puertas, ascensores y sanitarios adaptados según normas vigentes y mantenidos en el tiempo.
- Sitios web y aplicaciones oficiales compatibles con lectores de pantalla y otros asistentes.
- Señalización, pisos podotáctiles y cruces peatonales inclusivos en la vía pública.
- Transporte público con unidades adaptadas, paradas con información accesible y frecuencias garantizadas.
- Materiales informativos, formularios y trámites en formatos accesibles, incluyendo lengua de señas y lectura fácil.
Desde esta perspectiva, una tecnología que se convierte en sustituto de las transformaciones del entorno físico o digital termina siendo, paradójamente, una razón para no remover las barreras. El espectáculo de la superación individual convierte en épica lo que debería ser simplemente posible. La discusión, aclaran los especialistas consultados, no propone descartar la innovación, sino reorientar qué se considera digno de ser resuelto: no solo lo extraordinario, sino también lo cotidiano que todavía requiere una hazaña para lograrse.
La pregunta que Kingett y Jackson dejan abierta es incómoda: si los fondos públicos y privados siguen la lógica del asombro, las soluciones básicas continuarán esperando mientras los prototipos futuristas avanzan. En la semana, el debate queda instalado en la agenda, a la espera de que gobiernos, empresas y organizaciones de la sociedad civil definan si la accesibilidad es un escenario de exhibición tecnológica o una política de Estado sostenida en el tiempo.
