Albi, la joya de ladrillo rojo que muchos argentinos todavía no tienen en el radar
A pocas horas de los Pirineos y el Mediterráneo, esta ciudad medieval del sur de Francia concentra patrimonio UNESCO, la catedral de ladrillo más grande del mundo y la colección más completa de Toulouse-Lautrec.
Te lo cuento mientras camino por la costanera del Tarn y el sol pega de lleno sobre el agua. Albi aparece de golpe, toda de un rojo que parece encendido, y uno entiende enseguida por qué los franceses la llaman la Ciudad Roja. Acá, en el valle del río Tarn, en pleno corazón de la región Occitanie, el paisaje tiene esa calma de pueblo grande que se recorre sin apuro, con el ruido del agua de fondo y las cigüeñas posadas en cada campanario.
Qué ver en Albi: cuatro paradas que justifican el viaje
- La catedral Sainte-Cécile, la más grande del mundo construida en ladrillo, con un campanario de 78 metros y frescos en azul profundo de 18 metros cuadrados. Por dentro está considerada la catedral pintada más grande de Europa.
- El Palacio de la Berbie, construido en el siglo XIII y uno de los castillos más antiguos de Francia, anterior incluso al Palacio de los Papas de Aviñón. Funciona como mirador natural sobre el Tarn y tiene jardines a la francesa con canteros arabescos, de acceso gratuito hasta las 18 (o 19 en verano).
- El Museo Toulouse-Lautrec, instalado dentro del palacio y único en el mundo dedicado al artista nacido en Albi en 1864. Reúne más de 220 pinturas, 560 dibujos y 185 litografías, incluyendo los afiches del Moulin Rouge y retratos de la noche parisina. La entrada es independiente de los exteriores.
- El Mappa Mundi del siglo VIII, un pergamino considerado el más antiguo que representa al mundo, con 25 países marcados. Una pieza clave para entender la historia de la cartografía.
El casco histórico es chico y se hace todo caminando, algo que a los 50 años se agradece. Las casas son de ladrillo rojizo fabricado con la tierra del río, porque la zona no tenía canteras de piedra, y eso le da a Albi una continuidad visual que impresiona. Son apenas 50.000 habitantes y, sin embargo, en 2010 la UNESCO la declaró Patrimonio Mundial por la combinación de patrimonio medieval y legado artístico.
Cuánto cuesta y cómo se llega
Llegar no es tan complicado como parece. Desde Toulouse, la capital regional, hay unos 80 kilómetros por ruta y se cubre en alrededor de una hora en auto o tren regional. Los pasajes en tren suelen rondar los 15 a 25 euros por tramo, dependiendo de la tarifa. Desde París, el tren de alta velocidad deja en Toulouse en poco más de cuatro horas y desde ahí se empalma con el regional a Albi.
En cuanto a costos en destino, caminar por el casco histórico, los miradores sobre el Tarn y los jardines del Palacio de la Berbie no tienen cargo. La entrada a la catedral Sainte-Cécile suele estar cerca de los 7 euros y la del Museo Toulouse-Lautrec, alrededor de 12 euros, con reducciones para estudiantes y mayores. Un almuerzo típico, con confit de pato, cassoulet o foie gras de la zona y una copa de vino de la Apelación Gaillac, se consigue por unos 20 a 30 euros por persona en un bistró de la ciudad vieja.
Para los amantes del vino, a pocos minutos del centro empieza la región de Gaillac, una de las denominaciones más antiguas de Francia, con alrededor de 400 propiedades vinícolas. Es un buen plan para una tarde, combinando bodega con paisaje de colinas suaves sobre el Tarn.
Si te toca planificar, la primavera y el inicio del otoño son las mejores ventanas: menos turistas, temperaturas amigables para caminar y los jardines del palacio a pleno. En verano, Albi tiene festivales y los días son larguísimos, con actividades hasta la noche, aunque hay más movimiento de visitantes franceses y europeos.
Antes de cerrar te dejo una recomendación que vale oro. En una de las recorridas por la zona vieja, me crucé con Hélène Dubois, historiadora del lugar y guía hace más de veinte años. Me dijo algo que se me quedó grabado: a la gente le muestro primero la terraza de la Berbie, después la Sainte-Cécile y recién al final el Toulouse-Lautrec. Empezar por la vista, me explicó, es la mejor manera de entender por qué los albigenses pintaron su ciudad entera de rojo. Si seguís ese orden, vas a volver a Albi con la sensación de haber entendido algo que en las guías no aparece escrito.
